Ya que usted lo pregunta…

Este mes el Padre Mark Reamer, O.F.M. responde

“Algunas veces pienso cómo será oír las confesiones. ¿Qué aprende un sacerdote al escuchar sobre la vida de la gente y su búsqueda espiritual?

“Oír las confesiones” o sería mejor decir “celebrar el sacramento de la Reconciliación” ha sido siempre para mi un momento de gracia como sacerdote. He encontrado que el contexto inmediato de la persona, impacta enormemente el examen de conciencia que el penitente realiza. Por ejemplo, cuando serví como sacerdote capellán en la Naval en Kuwait, oí las confesiones de cientos de jóvenes, hombres y mujeres. Estábamos en “zona de combate”, donde nos preparábamos para la guerra y no teníamos certeza del futuro. Había un estrés tremendo en nuestras vidas: la pérdida de un entorno familiar, de amigos y familia; miedo de los días inciertos que se avecinaban y mucho más.

Al oír las confesiones, aprendí sobre las relaciones importantes en las vidas de estos jóvenes, al expresar su deseo de ser más amorosos, más considerados y pacientes con los que dejaron atrás y con los que estaban viviendo en ésos momentos. También escuché sus reflexiones sobre las escogencias que habían hecho, las cuales se daban cuenta no eran las mejores para sus vidas. La mano de Dios actúa en nuestras vidas, ayudándonos en medio de nuestras dificultades y trayendo sanación. No recuerdo cuáles fueron las cosas que oí o dije particularmente, pero estuve agradecido por ser sacerdote y tener la oportunidad de ser instrumento de la paz de Dios, en un lugar donde el ministerio de la Iglesia estaba trabajando, trayendo perdón y paz.

Existen momentos alrededor de los tiempos de Adviento o los servicios de reconciliación cuaresmal, o durante los retiros juveniles, en los que una persona habla desde el fondo de su corazón sobre el centro de su relación con Dios, de cómo el o ella lo han vivido a través de las relaciones importantes de sus vidas.

¿Qué aprende el sacerdote? No puedo hablar por todos los sacerdotes pero continuamente he descubierto la verdad que San Agustín dijo hace muchos siglos: “Nuestros corazones están intranquilos hasta que descansemos en ti, Señor.” En mis 15 años de oír confesiones he aprendido que en el centro de toda confesión está el deseo de amar y ser amado. También he descubierto que la gente, todos nosotros en nuestro interior, somos buenos y procuramos ser mejores; aún en ésos momentos en nuestras vidas cuando hacemos escogencias que no son tan buenas, algunas veces concientemente y otras por falta de libertad.

Y aunque el pecado es personal, el pecado no es privado. El felizmente recordado Papa Juan Pablo II dijo lo siguiente al hablar sobre la Reconciliación: “No existe pecado, ni siquiera el más íntimo y secreto, ni el más personal de todos que concierna exclusivamente a la persona que lo comete. Todo pecado tiene repercusiones sobre todo el cuerpo eclesial y toda la familia humana.” En la Iglesia, el rito de Reconciliación de varios penitentes con sus confesiones individuales y absoluciones ayuda a reflejar ésta concepción del pecado como personal y comunal. Me he dado cuenta de la verdadera preocupación que la gente tiene por los pobres, cuando confiesan su participación en una sociedad que por su naturaleza incluye injusticias.

Celebrar el Sacramento de la Reconciliación es para mí siempre un acto de humildad. Cuando escucho las confesiones de los demás, a menudo recuerdo mi propia mala conducta. Es mucho más que “oír confesiones”; para mi es una oportunidad privilegiada de ser instrumento de la paz y la sanación de Dios.

Uno de los tesoros de nuestra fe católica es que en el Sacramento de la Reconciliación tenemos la oportunidad de descargar nuestras culpas, de decirle nuestros pecados a un sacerdote y de escuchar las palabras que aseguran que nuestros pecados son perdonados, y saber que el sello de la confesión es absoluto.

Ya sea la maravilla y la excitación de un niño que celebra el sacramento por primera vez, o la ansiedad de un jovencito con miedo a que recuerde quien es, o el nerviosismo de alguien que expresa un pecado serio, el amor incondicional de Dios y el perdón a la persona no cambia. Cuando la gente reconoce la realidad de que en ciertos momentos sus vidas necesitan del amor sanador de Dios, es un momento de gracia el ofrecerles unas palabras de consuelo y darles la absolución de la Iglesia. Esta es una razón más por la cual estoy feliz de ser un sacerdote y de servir al pueblo de Dios.

El Padre Mark Reamer, O.F.M., es Párroco de la Parroquia de St. Francis of Assisi en Raleigh.