Después de la oscuridad llega el amanecer

Al ser arrestada y llevada a la cárcel, Maria y Salvador aprendieron a encontrar consuelo en la fe.

Un cristiano ejemplar, es el que sirve a los demás de una manera desinteresada, proveyendo alivio físico o espiritual al que lo necesita. Visitar a los enfermos, darle de comer a los pobres, dar albergue al indigente o visitar al que está privado de la libertad, son unas de las buenas acciones que se hacen, para cumplir con la misión que la vida nos ha encomendado en la tierra.

Pero son muchos más los que no pueden realizar ninguna obra de caridad, debido a diferentes circunstancias; como por ejemplo, aquellos que no tienen algún tipo de motivación espiritual o aquellos padres de familia, que tienen que dedicar su tiempo trabajando para dar el sustento a sus hijos y el poco tiempo que les queda, dedicarlos a compartir con ellos.

Pero como seres humanos, estamos más dados a recibir que a dar y cuando visitamos una iglesia, lo hacemos para pedir por una gran necesidad. ¿Cuántas veces agradecemos por haber recibido el regalo de la existencia y del libre albedrío? Dos hechos que la Gracia Divina nos obsequia día a día y que valoramos más cuando los perdemos.

¿Cuántas veces nos sentamos a pensar en la posibilidad de encontrarnos en el lugar equivocado, a la hora equivocada y con las personas equivocadas? Muchos pensamos que siendo buenos samaritanos, nada malo nos puede pasar. Sin embargo, Dios nos pone en el camino pruebas, para que aprendamos a valorar lo que tenemos y para crecer espiritualmente. Esta es la misión de nuestra existencia en este mundo terrenal.

¿Qué ha pasado con las personas privadas de la libertad? Personas que quizás, nunca pensaron encontrarse encerradas entre cuatro paredes. Pero por circunstancias adversas, Dios les puso una prueba difícil de sobrellevar. Tan difícil, que algunos preferirían verse muertos, como una liberación de las cargas terrenales.

Esto fue lo que le pasó a María Argelia Delgadillo y a Salvador Lamos. Esposos mexicanos, que vinieron a los Estados Unidos a visitar a sus hijos, con la ilusión de compartir agradables momentos en familia.

Pero la adversidad cambió en segundos el rumbo de su existencia. La vida de María Arcelia dio un revés, despertando una mañana detrás de las rejas.

Esta es una historia basada en la vida real. Es la experiencia amarga de una familia, que aprendió a golpes, que no tenían nada asegurado en la vida y que cada día que pasa, es un regalo que tienen que disfrutarlo al máximo, porque mañana puede serles arrebatado.

Como tradicionalmente lo hacía, María Arcelia acompañó a algunos de sus hijos a casa de unos amigos para hacer tamales mexicanos. De pronto, la policía irrumpió en la casa en la que habían más de diez personas, incluyendo niños, haciéndolos acostar boca abajo en el suelo y con las manos en la nuca. El policía les leyó sus derechos en inglés. Pero el mensaje no llegó a María Arcelia. Ella sólo entendía español.

María Arcelia no comprendía lo que estaba pasando, pero sabía que nada bueno les esperaba.

Desorientados, todos terminaron en la cárcel sindicados de tráfico de cocaína. El detective los acusaba de pertenecer a una “red” que utilizaba los tamales para transportar la droga.

El nieto del dueño de la casa declaró que él y otro amigo, eran los únicos culpables y los únicos que se estaban beneficiando con la venta del narcótico.

Pero el sistema de los Estados Unidos, poco cree en lo que un sospechoso diga, hasta que no se realicen las investigaciones pertinentes y se realice el juicio para determinar culpables.

Lo cierto es que María Arcelia pasó casi un año en la cárcel, sometiéndose a una serie de injusticias y abusos. Simplemente por estar en el lugar equivocado. Además, tuvo que aguantar las dolencias de la vejez, sin recibir atención médica.

Al final, por recomendación de su abogado, se declaró culpable para ser deportada a su país y privarse de ver a sus hijos durante por lo menos diez años, tiempo en el que no podrá venir a los Estados Unidos. Tampoco sus hijos podrán viajar a México, porque están indocumentados.

Ésta es una difícil prueba que Dios ha enviado a María Arcelia. El verse privada de la libertad, sin el derecho a hablar con sus otros hijos que se encontraban en su misma situación, era algo que no había anticipado.

Mientras tanto, Salvador, su esposo, quien nunca había visitado a un prisionero, se vio de la noche a la mañana, lidiando con los menesteres legales y visitando a su esposa y a su hijos en la cárcel. Nunca imaginó encontrarse en esta situación.

Además de sus visitas semanales, de sus audiencias en la corte y de sus visitas al abogado, Salvador iba a la Iglesia diariamente par orar y pedir por la libertad de sus seres queridos.

Éstas son las pruebas que Dios pone en nuestro camino. Pero Dios, además de enviar pruebas, nos enseña que una fe inquebrantable puede ser el camino a la libertad, especialmente del alma. Y a la vez, nos da opciones para que escojamos qué hacer ante la adversidad.

María Arcelia se escapaba en su oraciones y encontraba en ellas un alivio y una paz que nunca había encontrado cuando estaba libre.

Empezó a valorar cada momento que había vivido y a tener mucho más aprecio por todos aquellos que se encontraban privados de la libertad. Cuántos inocentes en las cárceles que no han tenido el dinero para pagar un buen abogado, mientras que el que sí lo ha tenido, está disfrutando de su libertad. Hubiera podido ser culpable.

No todos los que están en una cárcel son criminales y los que lo son, muy posiblemente su infancia haya estado rodeada de un difícil entorno y un malsano ambiente familiar. El entorno familiar no es algo que se escoge como quien va al supermercado a comprar una clase de bebida.

Un joven resentido, viviendo en un difícil ambiente, puede ser no sólo un victimario, sino una víctima que termine sus años entre cuatro paredes, rodeado de soledad, sin ni siquiera la visita reconfortante de un alma caritativa. Dios nos dio el derecho a vivir para cumplir con una misión. Y esa misión debería tener dos ingredientes básicos: amor y desprendimiento.

El desprenderse de un sábado con los amigos para dárselo al que no tiene amigos y se encuentra encerrado, con la soledad como única compañía, es una acción que vale mucho más que ir a la iglesia todos los días a rezar. Y si le colocamos amor por el prójimo y por lo que hacemos, le estaremos dando alimento a nuestro espíritu, además de servir como herramienta a los designios de Dios.

María Arcelia y Salvador, muy seguramente encontraron en esta prueba que Dios les envió, una gran enseñanza. Hoy, deben estar disfrutando de su libertad al máximo y por qué no, deben estar compartiendo un poco de esa libertad con los que hoy no la tienen y muy posiblemente sean ahora para los prisioneros, una luz de esperanza y de fe, para que al final del camino, encuentren la libertad y en ella, la gracia de Dios.

Liliana Parker