Un roce con la muerte, un renacimiento espiritual
El cáncer de mi hermana nos ha enseñado a todos en la familia de la importancia de la fortaleza espiritual.
La palabra cáncer todavía representa un enigma para la humanidad. Pero para los que lo viven muy de cerca, esta enfermedad representa invariables significados. Para mi familia y yo ha representado crecimiento.
Hace algo menos de un año mi hermana Mónica, envió un mensaje a la familia anunciando que le habían encontrado cáncer en el seno. Rompí en llanto… Mi primera imagen fue verme rodeada de toda la familia en una funeraria y a ella en una caja fúnebre…
La reacción de apoyo de toda la familia no se hizo esperar. Amigos de todo el mundo que ella había cultivado con los años, aparecieron de la noche a la mañana expresando su apoyo espiritual y material. Hasta empezaron a hacer cadenas de oración.
Mónica ha sido una persona que practica la meditación y esto le ha abonado la parte espiritual. Dios está dentro de ella y ella recurre a esa fuerza interna que la motiva a seguir adelante en este duro pasaje.
Sin embargo, cree muy poco en la medicina alopática (medicina tradicional) y tiene gran confianza en las medicinas alternativas y la china, por lo que al recibir la noticia, inmediatamente descartó la posibilidad de una quimioterapia.
El resto de la familia creía que era mejor la opción alopática, pero a la vez queríamos respetar la decisión de Mónica. Oramos y pedimos para que ella encontrara el camino que más le convenía, mientras ella a su tiempo hacía lo mismo.
Se puso en contacto con un médico alópata, que después de estudiar medicina en China y acupuntura en la India se internó con los indígenas de la selva amazónica del Putumayo, Colombia, para estudiar su medicina.
Él encontró que estos indígenas curaban el cáncer y otros males con Ayahuasca, conocida popularmente como yahé. La Ayahuasca ha sido utilizada en el Amazonas por miles de años como medicina y como una herramienta para la transformación.
A través de este médico, Mónica se pone en contacto con un Shamán del Putumayo. Ella estaba dispuesta a irse y tomarse un tratamiento con los indígenas, pero al mismo tiempo sabía que Dios era el único que decidía.
Un día antes de la operación decide aplazarla, para internarse quince días en la selva. Ese día estuvo llamando tanto al cirujano como al shamán, para realizar los ajustes con cada uno, pero no los encontró.
“Como no pude viajar, el paso siguiente era la operación”, dijo Mónica. “Sentía un miedo inmenso de enfrentarse con una Mastectomía, ya que es una mutación. Es la parte femenina, sensual y materna de la mujer.”
Asumir este paso para Mónica fue muy difícil. “Le pedí a Dios me diera mucha fuerza. Me despedí de esa parte de mi cuerpo; le agradecí por todo lo que me había procurado en 40 años: amamantar a mi hijo y vivir muchas otras experiencias. Si Dios no quiere que se haga la operación algo pasará...”
Mientras esperaba su turno en el hospital para ser intervenida, habían a su alrededor muchos niños que lloraban esperando también su turno para ser operados. “El verlos llorar me calmó. Pensé que si un niño tenía que someterse a un proceso de aprendizaje a esa edad, por qué no yo.”
La metieron al quirófano, cerró los ojos y cuando despertó, se encontró en la habitación.
Al salir del hospital, tenía que enfrentar a su hijo. El niño sufrió emocionalmente. Comenzó a orinarse en la cama. La psicóloga dijo que esta manifestación era algo muy positivo, porque sus frustraciones no se las estaba guardando, bajo el peligro de minar su parte emocional. “La única manera de enfrentar esto emocionalmente con un niño, es con mucho amor, dialogando y hablando con la verdad,” dijo Mónica.
El momento de la primera quimioterapia llegó. A Mónica la invadía un terrible miedo. No se imaginaba cómo iba a ser el proceso. La escena se asemejaba a la de un reo sentenciado a pena de muerte con inyección letal.
Pero la realidad era otra. En una sala, junto a otras personas en las mismas condiciones, recibía el veneno. Dos horas eran suficientes para compartir las experiencias.
Cada vez que el veneno llega a la sangre, se siente un intenso mareo, que en muchos casos produce desvanecimiento. Mónica hacía ejercicios de respiración.
Mientras tanto, en la sala de espera, la imaginación de mis padres volaba. Veían salir a Mónica vomitando y sin poder caminar. Estaban dispuestos a ser sus muletas… Mónica aparece como si nada hubiera pasado. Ese día preparó el almuerzo y comió.
Como los venenos del cáncer son químicos que queman tanto las células buenas como las malas, los primeros días la persona siente que se está quemando, mucha sed y se pone muy colorada. Tiene que protegerse contra los rayos del sol porque con lo mínimo se puede insolar y no debe comer alimentos calientes porque le pueden producir llagas.
Los medicamentos afectan el sistema digestivo y Mónica tomaba sábila para ayudar a proteger la mucosa estomacal. Tiene que tomar líquidos helados constantemente para hidratarse.
Pero para ella, el proceso fue progresivo. Aunque el sistema inmunitario estaba fortalecido por la ayuda de la medicina alternativa, el hígado se iba debilitando cada vez más con cada sesión.
En la cuarta, comenzó a vomitar. “Los efectos son muy fastidiosos. Se siente una constante sensación de agonía y vómito. La misma sensación de una borrachera. No quieres que nadie te toque y cuando vomitas, te sientes aliviado por una hora. Permanecía acostada.”
Otros efectos alternos son irritabilidad en los ojos, la nariz y garganta, porque todas las mucosas se secan debido a la quemazón.
“Sentía que mi cuerpo olía a químico, los alimentos y la boca me sabían a químico y los olores se intensificaron.”
Es un tratamiento que produce mucha depresión. “Realmente no se quiere hacer nada ya que sientes un malestar constante. Pasan las horas y no te lo quitas. A veces no quieres seguir con esto y te dan muchas ganas de despedirte de la vida, pero trataba de dormir y vivir ese asunto como un proceso de aprendizaje.”
Para Mónica, su hijo fue una pieza fundamental. Él me pedía que fuéramos a jugar al parque y yo hacía todo un esfuerzo para salir a jugar con él.
“Por eso es que es tan importante la unión familiar. Mis padres han sido mi apoyo. Me han dado más de lo que esperaba. Mi padre ha sido la figura paterna para el niño y se hace cargo de él, cuando yo prácticamente no he podido levantarme. Mi madre me atiende y me consiente.”
Cada que vez que hablo con mi madre sobre el tema, sus lágrimas salen de sus grandes ojos y dice entre sollozos “Cuánto hubiera querido que este mal me hubiera dado a mi”.
Dice Mónica que la clave es comer aunque sean dos bocados, para impedir que las defensas se bajen y ayudar la regeneración celular.
Mónica dice que es un duro proceso que se agudiza entre más pasa el tiempo. “Ya a la sexta, simplemente no quería más.”
Mónica ha vivido una muerte celular pero también un crecimiento espiritual. Esta experiencia nos ha cambiado la perspectiva de la vida y sobre todo, de la muerte. Somos más conscientes de que vinimos a aprender y a evolucionar espiritualmente. --Por Liliana Parker