Paciencia

Sabemos que es una gracia que Dios da y una virtud que trabajaron los santos, puliéndola con sacrificios, actos heroicos, pero especialmente con actos de fe.

La paciencia, como el amor, ha servido para todo: Se predica a los atribulados como resignación, se da como consejo a los que padecen persecución, se le pide al enfermo, al que está en la prisión, al que tiene un familiar adicto, a la persona que tiene una pareja violenta, celosa o incomprensible. Se le implora al que tiene que corregir a los hijos o tiene que educar a los niños. Se le pide al que tiene dudas, al que ama, al que odia, al que está muriendo y más que todo al que está viviendo.

La paciencia sí es una virtud para cada cristiano durante la jornada de la vida. No es un calmante ni una frase de cajón que se acomoda a cada situación. La paciencia debe ayudar al cristiano a situarse en el presente, asimilando el pasado y esperando el futuro; Pero no para que el presente cambie y sea mejor por la mano de Dios, por la benevolencia del destino o de los otros, sino por la acción personal de saber que espera en Dios, que conoce su voluntad y entiende su plan en su vida y la realiza.

La paciencia es saber que el tiempo vuela, pero la eternidad espera. Es comprender que todo tiene su momento y todo tiene un proceso. Es trabajar como el agricultor que combina su labor con el sol, la tierra, la lluvia, la semilla y los días para poder cosechar.

La paciencia es el tiempo de Dios para darnos la oportunidad de trabajar por su reino y hacer su presencia viva en la Iglesia, en el mundo y en el corazón de todos, con la única fuerza que se llama amor, con la confianza que crece en Dios y en su Hijo Jesucristo nuestro Salvador y con la paz de la guía de su Espíritu que siempre nos dirá en el interior del corazón: “No temas, que yo estaré contigo hasta la eternidad”

Padre Fernando Torres