Sacerdotes de Dios Para Su Pueblo

El llamado a vivir la vocación sacerdotal ha hecho que a lo largo de la historia se busquen modelos que respondan a las necesidades de la Iglesia y del mundo. Muchos hombres han respondido con generosidad y han ofrecido su vida en el servicio de la evangelización, de la formación, de la administración y del culto.

Muchos se han hecho santos porque han respondido a las circunstancias de sus vidas; haciendo que brille la imagen de Cristo en el servicio a los pobres y marginados, en la enseñanza y claridad de la doctrina teológica, en la propagación del Evangelio, en la misericordia con los pecadores y en la forma como los han llamado a la conversión. También en la vivencia de lo que celebran, siendo algunos elocuentes con sus palabras y otros con sus obras, pero todos ellos han encontrado la Santidad en el seguimiento de Jesucristo.

Hoy más que nunca se reconoce la necesidad de la santidad como un requisito indispensable para vivir el sacerdocio. La santidad se vive estando en el mundo, sintiendo a los que sufren, a los que están enfermos, a los que son pecadores, a los que buscan la verdad, la felicidad o la libertad y poder ayudarles a todos a encontrar el camino, la fuente y la meta de toda aspiración humana.

La santidad es servicio en lo que atañe a la persona, al ministerio, a la pastoral y a ser parte de la Iglesia. Servicio que animado por el Espíritu Santo nace del amor a Dios y a los hermanos y hace que su eficacia despierte, anime, ayude y convenza a muchos a seguir a Jesucristo.

La santidad exige fidelidad a Dios, a sus enseñanzas, a su Iglesia y a la humanidad, por lo tanto necesita del espíritu de humildad, del valor de la constancia y del reconocimiento constante de ser simplemente instrumentos de su amor y misericordia para con su pueblo.

La santidad no se gana con intereses egoístas, compitiendo contra otros, o haciéndole mal al prójimo sino haciendo presente a Jesucristo con la vida, con el servicio y con el amor con el que se sirve a su pueblo. Oremos para que siempre tengamos sacerdotes santos.

-Padre Fernando Torres