Contemplar la Cruz de Cristo

Para muchas personas son necesarios los días de la cuaresma para dejar de comer chocolates, dejar un vicio o privarse de algo que les gusta, pero en cuanto acaba la cuaresma se vuelve a la rutina y todo continúa igual.

Pero la cuaresma es un tiempo de gracia que debe ayudarnos a vivir nuestra conversión personal y comunitaria. Debe ayudarnos a descubrir a Cristo en nuestra vida y a poder valorar su amor por cada uno de nosotros. Debe ser la jornada que nos prepara a la celebración de su Misterio Pascual como el tesoro de nuestra fe.

Por eso, contemplar a Jesús en su cruz es adentrarnos por los caminos que hoy nos hablan del dolor que Cristo sufre en nuestros hermanos. Es verlo crucificado en la vida de tantos niños que padecen hambre, enfermedad, abandono, violencia y gritan para que el mundo les conceda algunas gotas de amor. Es ver a los jóvenes que buscan con desesperación la razón de vivir, pero que necesitan conocer a Cristo para aprender con Él que es necesario morir a sí mismos para ser libres y felices.

De igual manera, podemos contemplar en la cruz de Cristo a tantos padres de familia que viven el miedo y el sin sabor del sufrimiento, pero que no han entendido que el amor de Dios los llama a una vida de pobreza, de renuncias y compromisos; como camino para vivir el verdadero amor y a construir la verdadera felicidad en el compartir y en la solidaridad.

Podemos contemplar a Cristo en la cruz para entender la realidad del mundo, el miedo que lo ha llevado a tantas esclavitudes y la necesidad que todos tenemos de ver allí, en la cruz, no solo el dolor y la muerte, sino el amor que nos invita a perdonar y a ofrecernos en totalidad para ayudar a la salvación de todos.

Contemplar a Cristo es dejar que nuestros ayunos sean manjares, nuestras penitencias sean alegrías y nuestras oraciones verdaderos diálogos, donde Dios mismo nos inunda con su amor, nos comparte su caridad y nos cura con su perdón.

Padre Fernando Torres